La poesía y tú

La poesía y tú

Vagando voy por la penumbra de tu vida
y sólo escombros encuentro;
¿ Acaso ya la lumbre de tu destino no obedece
tu mirada/
cual claro de luna te nombraba
en la canción de tu glorioso futuro,
y tus lágrimas no levanten ya más
olas de pesadumbre?

¡Va querida! Que solo hay una amante
que por ella mi vida daría;
¿Porqué te aferras a lo imposible?
Lo que la vida da, ella inclemente
lo arranca.

Allí viene por mí ella – la otra –
por mí viene
y tú de celos enfureces.
Por mí, por mí viene,
la dulce amada,
la de la dulce tonada.

No llores niña mimada,
no ves que a mí se me dio primero
el don de brillar como lucero
de escuchar la mirada de los ángeles
y recabar en ella las imágenes
que ruborizan tu espíritu.

¿Acaso no has mirado a un poeta doblado
en la mesa del sucio estanco – llorando –?
¿No lo has visto gimiendo, hambriento
en el barrio latino – allá en París – o rondando
como perro flaco en la carne asada
de la Racachaca, a la espera de un aliviane?

Y borracho, en el fondo del cristal de su alma,
como si nigromante fuera,
ve cómo se va de su vida una musa,
en el rojo escenario de su pasado,
y aún así se resiste a caer
ante la indiferente mirada de los cadáveres
que aún caminan.

Por eso, por ella,
yo cantaré,
yo volaré,
yo viviré.

Por esteros y senderos,
gritando caminaré
cantando a los luceros
mi melancolía.

Cantando a mi amante,
a quién tú, mujer,
a muerte celas;
La Poesía.

Hablando como los grandes hablan,
gritando como las estrellas gritan,
gimiendo como la humanidad gime,
deslumbrando como una supernova,
cantando como un gorrión en celo.

En armonía con los astros,
con la música de la risa y del llanto,
así viajaré trovando al son del arpa
con sentimiento de dios latino.

Sin ti no puedo vivir, pero sin ella
– la poesía – mi musa,
eterna música que me sostiene,
jamás podré decirte cuanto te amo.

Sin ella no podría llamarte
y decirte que contigo volar quiero
a esos lejanos mundos,
por mares y cielos abriendo,
los ojos hacia el horizonte,
lleno de soles
hechos para los dos.

Déjala tranquila mujer, déjala en paz,
déjala que me posea, tolérala,
jamás podrás competir con ella,
y si tú impusieras tus caprichos,
me perderías amor,
ella es más tirana que tú.

Tan vasta es la nobleza de su espíritu,
que ella,
me ama tanto para que yo,
a pesar de todo
pueda seguir amándote.

Managua, Enero 2007
Tomado de su libro “Los colochos de mi taller y Otras virutas”


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